"'You know those people that get up every day, and do things,' said
Luis.
'I'm going to eat cereal even though I'm not hungry,' said Sam.
'And are real proactive,' said Luis. 'And like are getting things done,
and never quit their jobs. Those people suck.'"
El
acierto mayor de este libro quizás radique en la deshumanización completa que
logra de los personajes que retrata, si es posible hablar de un retrato en la
medida en que Sam no es caracterizado por ningún rasgo particular, por ninguna
opinión o postura política concreta e, incluso para lograr saber cómo se siente,
tenemos que esperar a que el protagonista lo enuncie, como en un chat donde el
rostro se ve reemplazado con un emoticón, desde una fórmula mecánica y fría: “me
siento bien”, “me siento calmado” y, en un momento extático, “me siento muy
bien”. El sujeto alienado de la generación del Internet se esgrime entonces
como el héroe de una posmodernidad que ya valdría la pena volver a enunciar.
Probablemente
la novela corta de Tao Lin no sea para todo el mundo. Algún crítico dijo que es
el libro más cómico y más triste que había leído en mucho tiempo, pero para
entender la magia de su humor se requiere una serie de conocimientos anclados
en la cultura contemporánea que no son universales a todos los lectores. De lo
contrario, acciones como comprar un cd de música emo para alegrarse pasara
desapercibido si no se entienden los códigos culturales sobre los que se
cimentan los elementos de la narrativa de Tao Lin. Un ejercicio de literatura
minimalista en su forma más pura, un libro sin contenido aparente que, al
terminarlo, nos cuestiona desde el silencio sobre dónde estamos parados como
sujetos contemporáneos.